Como todo paraíso, es frágil. El Albaicín es muy frágil. Por eso, exige delicadeza acercarse a sus calles y sus plazas, su patrimonio y su gente. Porque sí, sí es un regalo encontrar en el siglo XXI de la Europa meridional un barrio tan singular, tan fiel a su devenir histórico de 3.000 años.

Las imágenes pueden ser idílicas. Escuchar campanas mientras se sube una estrecha callejuela por la que asoman geranios y enredaderas. Mientras los pájaros trinan y el aire se llena de perfume, un artesano continúa el oficina que su padre, y el padre de su padre, le enseñaron desde niño. Niños. Los niños también aparecen y desaparecen, en su juego. Hablan idiomas del mundo con sus padres mientras doblan las paredes de un carmen sobre los que palmeras y cipreses adornan el cielo azul.

Pero también pueden resultar odiosas: el troiler del último turista llegado al barrio golpetea insufrible sobre las piedras de recientes rehabilitaciones urbanas nada afortunadas. A gritos llama al resto de su rebaño, del que ha quedado descolgado: una veintena de visitantes bulliciosos que, jaranosos, revientan la paz de unos vecinos asomados a la puerta de sus casas. Observan, éstos, como los recién llegados dejan a su paso un reguero de bolsas de plástico, latas de refrescos y papeles desechados. No es un grupo solitario. Según Exceltur, Granada es el destino con mayor presión turística de España. Además, atendiendo a informaciones periodísticas, la mitad de los pisos turísticos del barrio son ilegales.

Son los dos extremos, que se tocan. Y conviven. Y que, en efecto, ponen en peligro el delicado equilibrio del Albaicín.

Pocos rincones del mundo sobreviven hoy aislados de la globalización, que tiene sus inconvenientes pero también sus ventajas.

Un equilibrio, por cierto, que no es nuevo. Ya en los años 70 los vecinos empujaban a las autoridades para que tomaran cartas en el asunto sobre los agravios que sufría el barrio. Pasan los años, pasan las décadas y parece que todo sigue igual. O peor. O será que ahí radica el éxito: en la lucha de unos vecinos apasionados por su Albaicín contra los usos y abusos llegados de más allá de Plaza de Nueva.

Sin los primeros, el barrio estará condenado. Terminará convirtiéndose en un parque temático, en una especie de atracción banal que quiere llegar a ser lo que ya nunca será. Sin los segundos, los foráneos, tampoco se atisba un futuro halagüeño. Pocos rincones del mundo sobreviven hoy aislados de la globalización, que tiene sus inconvenientes pero también sus ventajas. No lo decimos nosotros: lo dice Rita, la última vecina del Mirador de San Nicolás, que tiene su vivienda «acosada» de restaurantes con vistas a la Alhambra. Y lo dice Miguel Carrascosa, vecino del Albaicín, autor de numerosos e investigaciones sobre el barrio y el presidente del Centro Unesco Andalucía que más tiempo ha estado en el cargo.

El equilibrio. La fragilidad.

Nosotros.

El paraíso en peligro.

Disfrutemos del Albaicín. Respetando a quien hay y lo que hay.

Se lo debemos a las generaciones futuras.

Adelante. Es un placer recibirles.

El Albaicín es anfitrión sin par. Compruébenlo ustedes mismos.

Gustavo Gómez
Periodista

Los desafíos turísticos
del Albaicín

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