¿Quién no ha soñado, cuando era niño y veía películas del Oeste, con gritar ¡Oro! ¡Oroooooo!, tras encontrar un filón? Conviene recordar que las montañas y los ríos del entorno cercano a Granada son áureos, hasta el punto de que el Darro, en su acepción latina, se llamaba Dauro, de dat aurum: que da oro.

La presencia de buscadores de oro en las aguas del Darro fue habitual hasta bien entrado el siglo XX, existiendo un buen número de fotografías de prensa y archivos históricos que muestran a decenas de personas con los pies en el agua y los pantalones arremangados, batiendo la arena ribereña en enormes cedazos.

Pero la búsqueda de oro en las aguas fluviales no es solo un resabio del pasado, como bien demuestra la existencia de una Asociación Andaluza de Bateadores de Oro, muy activa en nuestra tierra y a cuyos miembros se puede encontrar, de vez en cuando, a orillas del Darro, buscando pepitas doradas.

Los nuevos buscadores de oro no aspiran a hacerse ricos con su labor. Se trata, más bien, de recuperar de forma artesanal y recreativa una actividad tradicional que permite a sus practicantes mantenerse activos y en contacto con la naturaleza mientras disfrutan de la belleza de los entornos fluviales.

Aunque, al final, siempre queda una esperanza: el hallazgo de esa pepita gigante que solo aparece una vez cada cien años, pero que mantiene viva e incólume la pasión por la fiebre del oro.

Texto de Jesús Lens
Foto de Martínez de la Victoria