Uno de los tesoros escondidos del Albaicín es el agua, fuente de vida de la que surge la suntuosidad de los hermosos jardines de sus misteriosos cármenes. Acostumbrados a pulsar, girar o tirar de los grifos y disfrutar automáticamente de la fresca y deliciosa agua de Granada, no valoramos la importancia que, a lo largo de la historia, han tenido sus nacimientos, conducciones y espacios de almacenamiento.

* Foto reproducida en la sede de Fundación Agua Granada

Pensemos, por ejemplo, en el Aljibe de la Lluvia de la Alhambra. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el agua que teníamos a nuestra disposición dependía de la lluvia que los cielos tuvieran a bien regalarnos. De ahí que el almacenamiento, conducción y abastecimiento de agua consuma tanto tiempo, esfuerzo y recursos económicos.

A la parte alta de Granada, el agua llega desde la Sierra de Huétor, situada al norte de la provincia. En la época romana, por ejemplo, se construyó una acequia que la conducía desde Deifontes, Fuente de los Dioses, de acuerdo a su etimología latina. Era la que encontraron los musulmanes cuando se instalaron en Granada.

* Foto reproducida en la sede de Fundación Agua Granada

En el siglo XI, sin embargo, los rectores de la ciudad decidieron cambiar de fuente suministradora de agua y optaron por potenciar la acequia que partía de la Fuente Grande o Fuente de las Lágrimas, en Alfacar. Ayn ad-dama o, tal y como la conocemos popularmente, Aynadamar, una acequia que seguía las técnicas romanas y que, pasando por Víznar, regaba la Granada zirí.

* Foto reproducida en la sede de Fundación Agua Granada

La acequia llegaba en un solo canal hasta poco antes de la Puerta de Fajalauza, desde donde partían diversos ramales, siendo el más importante el que correría por lo que hoy es San Miguel Alto. Un agua que no iba a los domicilios particulares, almacenándose en los famosos y abundantes aljibes albaicineros, una de las señas de identidad del barrio. Eso sí, uno de los ramales de la acequia, el que recorría la -no por casualidad- llamada Calle del Agua, era el que abastecía al hamman más importante del Albaycín de la época.

Hoy día solo es visible una parte de la famosa acequia de Aynadamar, en concreto, la que va desde el manantial de Alfacar hasta Víznar. Ya está fuera de uso, pero su declaración como Bien de Interés Cultural certifica la importancia que tuvo a través de la historia, un monumento a uno de los grandes ingenios inventados y desarrollados por el hombre.

Igualmente datada en el siglo XI, la acequia de Axares constituye otro de los senderos que conducían el agua desde las montañas a la ciudad. En este caso, el agua proveniente de Beas y que recorre el Sacromonte hasta llegar a San Juan de los Reyes, nacía en el molino de Teatinos y en las llamadas Casas del Oro del río Darro. Decenas de huertas y cortijos eran regadas por las aguas de una acequia que deja su impronta en los barrancos del Negro y de los Naranjos, antes de entrar en el Albaicín a través de las Escuelas del Ave María y que, en su trazado, llega a acoger hasta seis singulares puentes-acueductos.

La propia acequia de los Axares, tras su paso por los molinos del Batán, el del Contador y el de la Higuera, sacaba un ramal especial que se convertía en acequia de Santa Ana, antigua Romayla, que riega la otra margen del Darro, incluyendo los parajes de la fuente y el camino del Avellano. La acequia Romayla continúa por el Carmen de los Chapiteles y se precipita hacia la Cuesta de los Chinos, el famoso acueducto de Santa Ana y, dejando abajo el conocido como Hotel Reúma, desemboca en el barrio de la Churra, por donde se adentra en Granada.

Pero si hablamos de los senderos del agua, ¿cómo no hacer aunque una breve referencia a la Acequia Real de la Alhambra? Partiendo del Cerro del Sol, se nutre de las aguas del Darro y transcurre por Jesús del Valle hasta llegar al Molino del Rey, donde se bifurca en la Acequia del Tercio, que entra en la Alhambra por la Silla del Moro; y en la del Generalife, que riega los famosos jardines palaciegos, antes de volver a unirse en el Partidor del Fraile para entrar por la Torre del Agua.

Para entender y vivir la esencia del Albaicín es necesario conocer y sentir esos senderos del agua que riegan y dan vida a un barrio que florece y fructifica gracias a las fuentes que brotan en las montañas que rodean Granada, dándole su especial fisionomía.

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Jesús Lens. Escritor y cinéfilo