Me llamo Antonio Jiménez Castro. Mis padres emigraron. Nací en Francia pero desde chiquitito me crié en el barrio. Estudié en el colegio San Salvador, que ya no existe. Vivíamos en la calle Pagés. Mis padres abrieron las Bodegas Granadinas del Albaicín, que era conocido como el Bar Nuevo porque durante años no hubo otro en el barrio. De eso hace 40 ó 50 años. La especialidad del bar de mi padre eran corazones y asaduras de pollos.  Recuerdo que no había agua corriente y que cogíamos el agua para la casa de mi abuela del Pilar de San Nicolás. Mi abuela, mi madre y mi hermana nacieron en el Mirador de San Nicolás. Hay pocos vecinos. En la parte de abajo, la única casa que queda es la de mi madre. El resto son restaurantes y bares. Mi bisabuela también era del Albaicín. Yo soy la cuarta generación aunque la mayoría son de tres».

Antonio es el presidente de la Asociación de Vecinos Albaicín, una de las más antiguas de España. «En Granada sólo nos supera la de la Chana. La nuestra tiene unos 40 años.Yo fue elegido presidente este año. Nadie quería y al final me tienes aquí. Estoy en el paro y al tener más tiempo libre lo dedico al barrio». De los 16 miembros de la junta directiva, sólo 4 son originarios del barrio.

«El Albaicín necesitaba un colectivo vecinal fuerte. Actualmente hay muchas asociaciones en el barrio y necesitamos unirnos. Ví que el barrio tenía muchos problemas y necesitaba defenderse de las instituciones, que le han maltratado y le siguen maltratando».

Cuando este albaicinero de pro regresó a Granada hace 18 años «buscaba la tranquilidad que aquí se respira. Me esperaba encontrar esa unión del barrio que había antaño pero ya queda poca. El ritmo aquí es distinto al resto de la ciudad. El olor del Albaicín, los sonidos: las campanas, los pajarillos,…» Sin embargo, gran parte de esa idiosincrasia había desaparecido. «Había una solidaridad bestial. Si movías un ladrillo, te venían a ayudar. Hoy, te denuncian».

El presidente vecinal asegura que su generación «lo primero que hacía era comprarse un piso en el Zaidín y el Camino de Ronda. En el Albaicín era más barato la casa que un piso en otro barrio de la ciudad. Costaba mucho restaurar aquí las viviendas. Yo compré la mía en los años 90 por cuatro perras. Hoy por hoy, sería impensable ese precio. Era más cómodo un piso plano que una casa en el Albaicín, así que poco a poco comenzó a despoblarse. La población actual del barrio es mayor». No obstante, según las cifras que maneja, «fue en los 70-80 cuando empieza a despoblarse el barrio. De los 40.000 ó 50.000 que éramos hoy no llegamos a 6.000».

«Actualmente, la gente con recursos se compra casitas y cármenes que rehabilitan y tiene como residencia de verano. Muchos, con el tiempo, lo terminan convirtiendo en su residencia habitual», señala.

«El ritmo aquí es distinto al resto de la ciudad. El olor del Albaicín, los sonidos: las campanas, los pajarillos,… Sin embargo, gran parte de esa idiosincrasia ha desaparecido. Había una solidaridad bestial. Si movías un ladrillo, te venían a ayudar. Hoy, te denuncian”.

Sobre la vigente polémica por la convivencia entre vecinos y turistas, afirma: «Actualmente no tenemos miedo al turismo pero muchos guías de grupos de turistas cuentan barbaridades». Recuerda, no obstante, que ya en 2003 se formó la Plataforma SOS Albaicín para luchar contra el plan de movilidad que se implantó en el Bajo Albaicín y que daba prioridad a los turistas frente a los residentes.

El presidente vecinal considera que las administraciones pueden favorecer mucho esa convivencia, sin necesidad de grandes presupuestos. Y cita varias ideas. La primera, regular la ocupación de la vía pública en calles como la de Calderería. «Antaño había relojería, fruterías, tapicerías y muchos más pequeños comercios. Pero cuando sacan la mercancía a la calle es terrible pasar por aquí».

Antonio cree que debería trabajarse con el colectivo de guías a la hora de posibilitar un turismo más sostenible, que no tenga tanta incidencia negativa sobre los residentes.

La lucha contra la creciente inseguridad ciudadana es otra de las prioridades que, en su opinión, deben afrontar las autoridades públicas: «Hemos grabado un vídeo para denunciar la inseguridad que está habiendo. Denunciamos la dejadez que existe por parte de las administraciones. Está empezando a haber mucha violencia, especialmente con las personas mayores.

Regular el acceso de los autobuses que van a las zambras del Sacromonte y crear servicios públicos para los centenares de turistas que a diario acuden a la Plaza de San Nicolás son otras dos reivindicaciones que plantea «y que apenas necesitan presupuesto», concluye.