El turismo, en determinados enclaves, es una imprescindible fuente de ingresos y una oportunidad de desarrollo a la vez que puede convertirse en un lastre para la convivencia y en una amenaza para los tiempos venideros.

En el Albaicín, en concreto, conviven ambas caras de un fenómeno que aporta recursos económicos al barrio, pero que complica su día a día. Y sobre todo ello queremos reflexionar en las siguientes líneas, sabiendo que no existen fórmulas magistrales ni soluciones mágicas y que aunar los diversos intereses y sensibilidades en torno al turismo y a la convivencia comunitaria es muy complicado.

Hay ciudades como Venecia, o barrios de grandes capitales, como la Alfama de Lisboa, donde la presión turística empieza a ser asfixiante para los propios vecinos, que terminan tirando la toalla y marchándose definitivamente de la zona. En otros lugares, como Barcelona, aunque confluyan más factores; la explosión turística convierte en inasumibles los precios de los alquileres, de forma que la ciudad se va vaciando de vecinos para llenarse de turistas en lo que se ha dado en llamar proceso de gentrificación.

La pregunta: ¿dónde establecer los límites y cómo trazarlos? El fenómeno del turismo, como ocurre en otros muchos aspectos de la sociedad contemporánea, está cada vez más polarizado entre el turismo de masas y low cost, jaleoso y bullanguero; y el viajero culto y de alto poder adquisitivo que busca vivir experiencias y autenticidad. Sin olvidar a ese creciente turismo familiar que, con sus particulares necesidades y requerimientos, cada vez es más importante.

El debate sobre hasta qué punto puede aguantar la ciudad la presión turística está abierto, especialmente en un barrio de origen medieval con las especificidades del Albaicín

En muchos casos, esos dos modelos de turismo chocan y colisionan entre sí, anulándose el uno al otro: donde hay masas incontroladas de turistas vociferantes es difícil encontrar a viajeros con gusto y sensibilidad. Cantidad vs. Calidad. El dilema de siempre. ¿Qué tipo de turismo aspira a captar Granada y qué estrategias está diseñando para conseguirlo?

Otro de los temas esenciales en el debate sobre el turismo es la relación entre el visitante de fuera y el vecino de toda la vida. En este sentido resulta muy interesante el punto de vista de Ethan Kent, vicepresidente de la ONG Project for Public Spaces, hablando sobre la incidencia del turismo en los espacios públicos de las ciudades, cada vez más menguantes: “Los responsables de turismo tienen que invertir en crear espacio público, no en marketing. Las autoridades se dedican a apoyar la promoción turística creando una versión más barata de la ciudad, es decir, un lugar para consumir y para hacer fotos; luego que la gente se vaya a otro sitio. Necesitamos Gobiernos que inviertan en la comunidad local, que dirijan el espacio público con una identidad comunitaria fuerte, ofreciendo una experiencia más profunda y satisfactoria a los turistas. Así, ellos sentirán que participan realmente en ese lugar que visitan. En los espacios públicos, lo primero debe ser lo local y los turistas no deben dominar, así los visitantes se comportan mejor y sienten que contribuyen a ese espacio a través de la experiencia con la gente. Pero en una urbe con pocos espacios públicos, no habrá una buena relación entre el turista y los vecinos”.

Alhambra y Albaicín son dos de los grandes reclamos internacionales para una ciudad como Granada, en la que buena parte de su economía está orientada hacia el turismo y la hostelería y que bate récords de recepción de visitantes un año detrás de otro. Así las cosas, el debate sobre hasta qué punto puede aguantar la ciudad la presión turística está abierto, especialmente en un barrio de origen medieval con las especificidades del Albaicín en el que no es extraño ver, por ejemplo, a las personas mayores rodeadas por excursiones que se desplazan en un medio de transporte tan cuestionable e invasivo como el Segway.

Tampoco podemos olvidar que las ciudades y sus barrios son entes vivos y en permanente proceso de cambio y mutación. En el caso de los barrios históricos, la convivencia entre los intereses conservacionistas y la necesidad de evolución y adaptación a los nuevos tiempos provoca especiales fricciones y tensiones.

El Albaicín se encamina a cumplir 25 años como Patrimonio Mundial de la Unesco, una designación que supone una indudable promoción internacional a la vez que obliga a unas especiales medidas de protección. Nos encontramos, pues, en un momento idóneo para reflexionar sobre los múltiples desafíos de futuro para un barrio milenario que busca cómo sobrevivir en este complicado siglo XXI.

Jesús Lens
Escritor y viajero