Que tantos poetas y literatos hayan encontrado inspiración en el Albaicín no es casualidad.

Que pintores de todos los estilos hayan reflejado en sus lienzos el barrio es lógico.
También que fotógrafos, profesionales o solo amantes de los selfies, llegados de todo el mundo posen su mirada en sus calles y plazas.
Es la misma causa de que el flamenco tenga cuna aquí. Y que otras música, de la clásica al trap, hayan extraído sus notas de este entorno.
Ocurre lo mismo con otras artes. La razón es una: el Albaicín está plagado de musas. Su magia está presente las 24 horas del día: desde al amanecer, cuando suenan las campanas de los conventos, hasta el atardecer, el más hermoso del mundo; desde los mediodías soleados y de azul cobalto hasta el ocaso en el que van apareciendo las primeras luces artificiales como avanzadilla de la noche. La noche. La noche en el Albaicín está cargada de secretos.
«Bajar a Graná» todavía dicen los vecinos más mayores para referirse a que tienen que desplazarse a la ciudad a comprar o «hacer mandaos». Y es que esa es la sensación cuando abandonas el Albaicín: pareciera que abandonaras un lugar único, superviviente de un tiempo que más allá de Plaza Nueva no existe. Porque más allá no hay magia. Habrá otros lugares con encanto pero magia no hay.