Obreros y campesinos eran población mayoritaria hasta los año 60 del pasado siglo. Había gran sentimiento de comunidad y mucha solidaridad entre las familias residentes. También es verdad que el barrio estaba en bastante mal estado, con abandono de calles e inmuebles. Ello contribuyó a que en los años 70 y 80 se produjeran salidas masivas del barrio por parte de muchos jóvenes albaicineros, que optaban (y les resulta más barato y cómodo) instalarse en las zonas residenciales de nueva construcción que estaban surgiendo en otros puntos de la ciudad.

En los 80 comienzan a llegar nuevos residentes y se inicia el impulso a la conservación patrimonial. La sangría poblacional se estabiliza con la llegada del siglo XXI. Pero pronto surgen los primeros síntomas de gentrificación, que se ha acelerado enormemente en los últimos años afectando al «uso» del barrio y que está condicionando las nuevas relaciones vecinales.

Por tanto, en medio siglo el paisaje urbano y humano del Albaicín ha cambiado de una forma espectacular. Por eso, resulta tan visible aún la convivencia de personas de procedencia súmamente diferenciada: artesanos y emprendedores, turistas cool y mochileros, habitantes de las cuevas del Sacromonte y de cármenes fastuosos,… Pieles de todos los colores y mil y un idiomas. El tópico «crisol de culturas» pocas veces tiene tanto sentido como en el Albaicín.

De nuevo, la palabra convivencia cobra un significado mayúsculo. Tanta gente diferente debe convivir en un entorno muy acotado. Cada grupo, con aspiraciones diferentes. Los mayores de toda la vida, observando con temor el paisaje actual del barrio donde, aseguran, «ya nada es como era en el Albaicín». Los jóvenes residentes, temerosos por la desaparición de comercios tradicionales y la subida de la vivienda causadas por la gentrificación, que les dificulta enormemente asentarse como nuevas familias. Los turistas, ávidos de extraer toda la esencia del barrio, incomodando a veces lo que, en teoría están buscando: la esencia del Albaicín son sus gentes, su tranquilidad, el respeto a su patrimonio,…

De nuevo, insistente, la fragilidad de un espacio habitado por personas. Unas personas que plantan y riegan el barrio para que siga creciendo con tan buena planta.