Cada sentido goza de poderosas razones para disfrutar del Albaicín.
La vista. La contemplación de la Alhambra desde los diferentes miradores del barrio no debe eclipsar el conjunto arquitectónico blanqueado que crece en una ladera que parece sacada de un cuento. Bajando por la Cuesta de los Chinos o desde el mirador de la Churra pueden encontrarse algunas de las vistas globales del barrio más completos. Pero no dejemos, por ello, de fijarnos en los detalles: la cerámica de Fajalauza que decoran balcones y paredes, las coloridas plantas que adornan tapias y ventanas, la propia dignidad de las personas mayores que viven aquí desde hace décadas, las vestigios de mil y una civilizaciones que surgen en los rincones más insospechados…
El olfato: Sí. Aquí todavía puede olerse a flores sin salir al campo, pese a estar dentro de una ciudad. Un aroma que, al cerrar los ojos, escuchar el rumor del agua de un aljibe y sentir la caricia del sol, permite transportarnos a momentos de felicidad extrema.
El sabor: Precisamente es el olfato quien, recorriendo el barrio, en ocasiones adelanta uno de los placeres más propios del barrio: la gastronomía. En casas anónimas se siguen poniendo al fuego sabrosos guisos cocinados por los mejores guardianes de recetas antiguas. A la sencillez de esos platos se están sumando en los últimos tiempos prodigiosas elaboraciones gastronómicas de chefs que están convirtiendo el barrio en un centro de restauración innovadora de primer orden.
El oído: Agua corriendo en un aljibe. O deslizándose por el río Dauro hacia el embovedado que esconde su cauce cuando llega a Plaza Nueva. La campana madrugadora que advierte del inicio de una nueva jornada. El saludo alargado y cantarín entre vecinos. Trinos de pájaros posados sobre las ramas de los árboles que salpican el barrio. Las risas en el juego de unos niños. A veces, hasta la conversación tenue de dos enamorados. Una copla cargada de desamor que rasga la noche. Es un bucle de hermosos sonidos que exigen, eso sí, silencio.
El tacto: Las rugosas paredes, en ocasiones afeadas por un abandono inexplicable, serpentean a lo largo de estrechas calles. Es normal que a veces den ganas de tocar estos muros cargados de tanta historia. Si las paredes hablaran… Por eso, dan ganas de acariciarlas para que nos cuenten su pasado los conventos, las cuevas, los restos islámicos y hasta romanos, las casas moriscas y nazaríes. Porque las manos son de gran importancia en este barrio, un barrio de artesanos. Hasta varios cientos de artesanos diferentes, según cuentan las crónicas. Hoy siguen perviviendo aquí ceramistas, guitarreros, orfebres y otros muchos representantes de oficios antiguos.