Señala el investigador Miguel Carrascosa: «Desde la finalización de la época islámica el barrio no ha tenido esplendor, se ha ido abandonando poco a poco y ha llegado a ser en muchas épocas un auténtico barrio marginal o peor. Ese era el barrio que Federico García Lorca describía en los años 20».

Gonzalo Rodríguez nació en el Albaicín el 1 de marzo de 1957.  «Mi abuelo vivía en San Juan de los Reyes. Yo, en Calderería», recuerda. Hoy no vive en el barrio, pero sí uno de sus hermanos. «Más de tres generaciones no vivían en el Albaicín: abuelos, padres e hijos».

Sus recuerdos, claro, son emocionantes pero no por ello deja de ver los problema que había: «Había mucha gente trabajadora pero hacer arreglos en el Albaicín era una locura porque tenían que hacerse con bestias. Los dúmper lo rompían todo y era costosísimo. Era muy complicado adecuar las nuevas construcciones a la normativa. Una casa antigua, adaptada a medidas estándar, no existía». Por eso, señala, poco a poco el barrio se fue deshabitando. Sus vecinos preferían irse a los pisos nuevos que en los años 50 y 60 empezaban a levantarse en el Zaidín y la Chana. «En el Albaicín faltaba de todo, no había comercios. Y la gente se iba porque el barrio se estaba muriendo».

El 17 de diciembre de 1994 la UNESCO declara el barrio Patrimonio Mundial, lo que supone, o debe suponer, un antes y un después para el Albaicín. Aunque, de forma más categórica y sintética, el informe elaborado por B&S Europe para la Fundación Patrimonio del Albaicín en Julio de 2000 recoge el pasado, presente y futuro de este entorno único:

«El Albaicín ha sobrevivido porque las características de su asentamiento geográfico, adecuadas para la época que lo vio nacer y crecer, lo dejaron al margen de la modernidad, del desarrollo urbanístico e industrial. (…) Esta labor de protección la han ejercido los albaicineros, que lo han conservado para ellos y, al mismo tiempo, para Granada y para todos, como ha reconocido la UNESCO al nombrarlo Patrimonio de la Humanidad. (…) Las categorías que han hecho posible el Albaicín que conocemos se han desmoronado, pero unas nuevas condiciones sociales parecen favorecer un interés renovado en muchos de los aspectos del barrio, que lucha desde dentro y desde fuera por mantener su idiosincrasia, el reto permanente de ser recreado conservando lo mejor de sí mismo, contradicción estructural de carácter permanente –cambiar el Albaicín dejándolo como es- al mismo tiempo que expresión de intereses diversos y no siempre bien compaginados».